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Las voces indígenas que el poder de Guatemala no logra callar

Por: Nathalie Quan, Jovanna García, Magui Medina y Yesica Peña

Edición: José Luis Sanz

—Nosotros producimos los alimentos que comen quienes nos persiguen.

Juan Mendoza tiene alrededor de 55 años y es la principal autoridad ancestral del pueblo de Santiago Atitlán, en Sololá. Sus palabras han sido en realidad otras. “Ajoj nokwankersana queway achnak chuwnak nokctzelaj nokctrebej”, ha dicho en idioma tz’utujil. Sentado a su lado, Diego Petzey, escribano de la cabecera del pueblo y también autoridad ancestral aunque solo tiene 35 años, traduce.

Hemos preguntado a Mendoza por la campaña de terror que la Fiscalía guatemalteca sostiene desde 2023 contra los líderes indígenas que aquel año se lanzaron a las calles para defender los resultados electorales y evitar un golpe de Estado, pero él destaca algo mayor, la paradoja que sostiene un país entero. Guatemala, construida sobre los hombros y el trabajo del 43,75 % de población indígena, sigue marginando a los 22 pueblos mayas, a los xincas y garífunas, y castigando sus luchas políticas.

—El pueblo se levantó no para hacer daño, sino para exigir derechos que les corresponden por ley —dice Mendoza de aquellas protestas que duraron meses—. Y la respuesta del Estado no debería ser la criminalización, pero hay personas encarceladas y perseguidas.
—¿Les persiguen por convocar aquel paro nacional?
—Y porque defendemos el lago Atitlán de la contaminación y los usos ilegales. Primero el Ministerio Público nos prometió apoyo en lo del lago, pero ahora viene con investigaciones, amenazas de captura y allanamientos. Santiago es con 60 mil habitantes el municipio más grande a las orillas del turístico lago Atitlán, paraiso de Instagram y uno de los enclaves más visitados de Guatemala. Pero el pueblo, conocido por sus tradiciones y su veneración a Rilaj Mam, al que los mestizos conocen como Maximón, vive ajeno a los visitantes. Mendoza está sentado frente a un altar en el que se alinean las fuerzas que lo respaldan como máxima autoridad indígena y ancestral: una enorme imagen de vestir de San Sebastián, una figura de San Juan, otra de San Antonio, una virgen de la Asunción, cuatro Cristos con túnicas escarlata y, más importante aún, la Caja Real de Santiago Atitlán. El cofre que guarda los documentos originales que desde 1852, tras los conflictos con el gobierno de Carrera, dan a los tz’utujiles la propiedad de las tierras que ya ocupaban desde hace siglos.

: En la casa de la Cabecera en Santiago Atitlán, a Juan Mendoza Damián, principal autoridad ancestral del pueblo, lo amparan santos católicos. Pero la compleja espiritualidad tz’utujil incluye también la veneración al lago como una madre o a Rilaj Mam, al que los mestizos conocen como Maximón. Foto: Nathalie Quan

También está el acta que firmó la comunidad entera en 1990 para exigir la expulsión del Ejército. Guatemala aún estaba en guerra civil, y los hombres y mujeres de Santiago Atitlán sacaron de sus tierras a los uniformados que solo diez años antes habían ejecutado el genocidio contra los ixiles a apenas 90 kilómetros de allí.

—Después de años de persecuciones y masacres, el 1 y 2 de diciembre de aquel año ocurrió una de las últimas masacres en el municipio —cuenta Petzey con voz melódica de contador de historias—. El pueblo respondió organizándose en asambleas, recolectando firmas y exigiendo al Estado la salida del Ejército. Rodearon el destacamento durante siete días y se negaron a abastecerlo de alimentos.
—Y funcionó.
—Sí. finalmente, se acordó su retiro. Desde entonces, el Ejército no ha vuelto a ingresar a este territorio.

La gente de Santiago Atitlán lleva en pie de lucha toda su vida.

—Esa memoria sigue viva. Es parte de nuestra identidad —dice Petzey.

Cinco siglos de fuego

Desde que Pedro de Alvarado mandó a quemar vivos a los señores k’iche’ en 1524 y esclavizó a otros líderes de los señoríos maya independientes, la memoria de los pueblos indígenas guatemaltecos ha estado marcada por el castigo, el desplazamiento y la resistencia. “El modelo colonial que habitamos solo nos desea ver, y solo nos acepta, bajo una condición de servidumbre”, dice en presente la antropóloga Aura Cumes, doctora por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores de México.

—Se repite en la historia nacional una y otra vez —dice Cumes, que nació en Comalapa, Chimaltenango, y se identifica como activista y académica kaqchikel—. Cuando esa servidumbre se rompe y los pueblos reclaman su libre determinación sobre la tierra y la vida, el Estado activa su herramienta más antigua: la criminalización.

El levantamiento de 1820, en el que Atanasio Tzul y otros líderes asumieron por 28 días el poder político del territorio de Totonicapán y declararon la independencia de España un año antes de que la promulgaran los criollos, fue acallado por la corona con cárcel, tortura de los líderes y el fin del efímero gobierno indígena. Durante la Reforma Liberal de 1871, y un siglo después en el conflicto armado interno, las estrategias de represión fueron la violencia extrema, el castigo colectivo, el secuestro y tortura generalizados, y la violación de mujeres.

Irma Alicia Velásquez Nimatuj, doctora en Antropología por la Universidad de Texas y activista k’iche’ contra el racismo, asegura que hoy la represión viene de los tribunales.

—Estamos viviendo un nuevo colonialismo jurídico —dice—. Se usan las leyes, las cortes y el lenguaje de seguridad para tratar de domesticar a los pueblos indígenas y destruir la única fuerza social que ha demostrado en Guatemala que tiene capacidad real para frenar la restauración autoritaria.

***

En la sociedad civil guatemalteca, tanto indígena como ladina, hay consenso en que solo la movilización masiva de los pueblos originarios impidió en 2023 que se anulara ilegalmente los resultados electorales. Dos meses después de la votación, mientras decenas de países y organismos internacionales denunciaban sin resultado los evidentes intentos del Ministerio Público (MP) por evitar la toma de posesión del ganador, Bernardo Arévalo, los 48 Cantones de Totonicapán, la alcaldía indígena de Sololá, los grupos ixiles de Nebaj y Chajul, y el Parlamento Xinca decretaron de manera simultánea un paro nacional y se organizaron para cortar carreteras a lo largo y ancho de toda Guatemala. La política y la economía del país se estremecieron. Por 106 días ininterrumpidos, manifestantes pacíficos cercaron la sede del MP. Querían que se respetara la decisión de las urnas y la renuncia de la fiscal general, Consuelo Porras.

Ilustración / Diego Orellana

Lograron solo lo primero y Porras, blindada por parte de la élite política tradicional más corrupta, que ha controlado los últimos años la columna vertebral del sistema de Justicia, contraatacó. Al centenar de fiscales, jueces independientes, activistas y periodistas que han enfrentado cárcel o exilio desde la llegada de Porras al cargo en 2018 y el cierre de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) en 2019, se han unido una docena de líderes indígenas forzados a huir del país o encarcelados sin que se conozcan pruebas en su contra.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha condenado las acciones del MP, a quien acusa de corrupción y falta de independencia, por el uso de “tipos penales ambiguos y desproporcionados”, “abuso de la prisión preventiva” y utilización arbitraria de la reserva de casos. Arévalo ha denunciado públicamente esta persecución como un “ataque contra la democracia”, pero la persecución no ha cesado. Luis Pacheco expresidente de 48 Cantones y viceministro de Desarrollo Sostenible en el gobierno de Arévalo; y Héctor Chaclán, extesorero de 48 cantones, están en prisión desde abril de 2025 bajo cargos de asociación ilícita y terrorismo, por ayudar a convocar el paro. El pasado enero Basilio Puac, exvidepresidente de la organización, fue detenido y acusado de terrorismo por la misma razón.

—Es paradójico. Los mismos pueblos que garantizaron el relevo democrático ahora son tratados como una amenaza —dice Velásquez.

La antropóloga asegura que lo que ha sucedido tras el paro de 2023 no es un error del sistema, sino un patrón cíclico de violencia extrema diseñado para someter moral y políticamente a quienes desafían el orden establecido.

—Es como si estuviéramos regresando a la época del conflicto armado —denuncia—. En el fondo se busca quebrar el tejido comunitario y enviar un mensaje disciplinador al resto de los pueblos y líderes indígenas: participar en política les puede costar la cárcel, la salud y la vida.

Esquivar la injusticia

La oficina de un abogado defensor de autoridades indígenas es itinerante. Juan Castro, integrante del Bufete para Pueblos Indígenas y representante legal, entre otros, de Pacheco y Chaclán, viaja de departamento en departamento para desmantelar lo que él llama “la doctrina de las medias verdades”.

—La estrategia de la fiscalía es simple pero devastadora —dice el abogado—: no mienten sobre los hechos concretos, sino sobre su intención o su naturaleza.
—¿A qué se refiere?
—A que es verdad que hubo protestas en 2023, es verdad que salimos a protestar y a tomar medidas de hecho… Lo que no es verdad es que esos hechos sean un delito.

Para abogados indígenas como él, que es chalchiteko, la labor no termina donde se cierra el Código Penal. Su responsabilidad, dice Castro, “es política”. Debe luchar contra un racismo estructural que observa la vara de mando de los líderes maya con sospecha, y que, según dice, “entiende la organización comunitaria como una amenaza directa a la estabilidad del Estado”.

—El fraude jurídico reside en la etiqueta —apunta—. Lo que para la Constitución es el derecho a la resistencia, para el fiscal es un crimen. No es verdad que se hayan manifestado con el ánimo de causar terror a la población. Dice que su trabajo es “devolver al acto político su naturaleza legal”.

Basilio Bernardo Puac García, exvicepresidente de los 48 Cantones de Totonicapán, reza en las carceletas de la Torre de Tribunales de Ciudad de Guatemala el martes 14 de enero de 2026, horas después de ser arrestado por su participación en las protestas de 2023. Foto: Nathalie Quan

Lucía Xiloj, abogada de Basilio Puac y también parte de la defensa de Pacheco y Chaclán, dice que los cargos penales que el MP está usando, en la práctica, “equiparan la organización social propia de los pueblos indígenas con una asociación ilícita”. La mayoría de acusados enfrentan una batería de cinco delitos: asociación ilícita, obstaculización a la acción penal, obstrucción a la justicia, terrorismo y sedición. En el caso de Puac, logró que el juez excluyera el cargo de terrorismo pero enfrentará los otros cuatro tipos penales.

—No se busca una sentencia rápida, sino un control que desgaste la moral del procesado y de su comunidad —denuncia la abogada k’iche’—. El objetivo es que la autoridad, aunque libre, viva atada a citaciones y firmas, con su liderazgo neutralizado por la burocracia judicial.

Castro habla de una “criminalización a cuentagotas», y denuncia la filtración selectiva de información sobre supuestas listas de captura bajo reserva. El rumor permanente de que en Guatemala existen hasta 1,200 órdenes de captura firmadas y aún secretas contra todo tipo de actores políticos y sociales, periodistas, abogados, funcionarios, activistas por la transparencia o los derechos humanos, y por supuesto líderes indígenas, opera desde 2023 como un arma de guerra psicológica.

—Hay dos caminos —analiza Castro—. O caemos en el miedo y nos desmovilizamos, o ejercemos algún nivel de respuesta pensada.

Habla de un análisis de riesgo “quirúrgico”. Los abogados deben decidir cuándo la amenaza es real y cuándo es parte de una estrategia del MP para forzar el exilio de voces críticas. «La gente tiene que seguir trabajando, tiene que seguir su vida, no puede estar escondida siempre», dice sobre la imposibilidad de vivir en la clandestinidad permanente.

Lucía Xiloj habla de un nivel de «compromiso real» que desborda el ejercicio tradicional de representación legal. “El acompañamiento es, ante todo, humano”, dice. “Implica escuchar las necesidades, socializar, revisar escenarios con las personas y su comunidad para que las decisiones se tomen en conjunto, aunque se privilegie el interés de las personas procesadas».

Y la criminalización también la alcanza. Xiloj denuncia estigmatización constante en redes sociales y sabe que, por defender a una autoridad indígena, entra en el radar de vigilancia del mismo sistema de represión que trata de combatir.

***

Diego Petzey recuerda cuándo se sintió por primera vez perseguido. A finales de 2023 formaba parte del comité que coordinaba las protestas en Santiago Atitlán y daba declaraciones públicas en nombre del colectivo. “Supe que se había abierto un expediente en nuestra contra, por las movilizaciones”, dice. “Y supe también que pronto quedó en pausa porque no había suficientes pruebas para sostenerlo, pero cuando las autoridades ancestrales retomaron visibilidad pública en 2024 el expediente se reactivó y lo fusionaron con nuevas denuncias”.

Se enteró mientras participaba en España en un curso de derechos humanos. —Una fuente del Ejecutivo me llamó para advertirme y decirme que considerara no regresar a Guatemala —revela—. Nos habían reabierto el caso.
—Pero usted volvió.
—Vivir bajo amenaza constante por defender el territorio o la identidad tiene un impacto profundo —reflexiona—. No son solo procesos judiciales. Es un intento sistemático del Estado por despojar a los pueblos de su legitimidad, su memoria histórica y su identidad. Por eso volví.

El joven líder indígena cree que es “evidente” que, cuando se trata de autoridades o líderes indígenas, las resoluciones del Organismo Judicial no se ajustan al derecho. Menos aún a las demandas legítimas de los pueblos y comunidades a las que estos líderes representan.

Pone como ejemplo la audiencia judicial que él mismo y otras autoridades enfrentaron en octubre del año pasado por la decisión de la comunidad de retirar de las aguas del lago Atitlán 235 jaulas ilegales de cultivo de tilapias. Se les acusaba de desobediencia, instigación a delinquir y asociación ilícita. Petzey asegura que casi once mil personas se les unieron en procesión por las calles del municipio, en solidaridad y demostración de fuerza.

La cifra es probablemente exagerada, pero lo que subyace es real: la principal herramienta de respuesta de las comunidades indígenas es la misma que el MP y el actual sistema de Justicia tratan de castigar: la movilización.

—Cuando hay audiencia, la gente deja su trabajo y acude. Esa unidad ha sido nuestra protección —sostiene Petzey—. Aquella vez, la gente cambió la correlación de fuerzas

En aquel caso lograron que la jueza desestimara los cargos por falta de delito, como si por momentos el peso colectivo lograra inclinar esa balanza que en teoría es ciega. Pero él y muchos otros siguen enfrentando campañas de difamación en redes sociales y amenazas directas. En septiembre aparecieron en Santiago Atitlán mantas con amenazas de muerte acompañadas de casquillos de bala. Las denuncias que han presentado no han tenido respuesta de la Fiscalía.

Saben en cambio que existen órdenes de captura y allanamiento contra ellos. “El juez ya las firmó y el Ministerio Público tiene los documentos”, asegura Petzey. “Pero por alguna razón aún no los ejecutan. No sabemos qué están esperando”.

—Imponen miedo —dice Mendoza—, pero el pueblo ha despertado.
—¿Y cómo combaten ese miedo?
—No tememos porque mantenemos comunicación con nuestros ancestros, encendemos velas, agradecemos y pedimos fuerza. Nuestra conexión con la tierra nos da fortaleza..Y porque no estamos haciendo nada ilegal. No estamos pidiendo dinero al Estado ni quitando recursos. Solo exigimos lo que nos corresponde. Mire en cambio a las autoridades de la capital, que siempre aumentan los impuestos y endeudan el país para beneficio propio.

—¿Ha cambiado algo con el gobierno de Arévalo? ¿Se han sentido escuchados? —preguntamos al escribano Petzey.
—En enero de 2025 presentamos una solicitud formal de audiencia en la Secretaría Privada de la Presidencia. Nunca obtuvimos respuesta. Tampoco hemos sido incluidos en espacios de diálogo del Ejecutivo con pueblos indígenas. Eso nos hace pensar que, más allá de quién gobierne, la estructura del Estado mantiene dinámicas de exclusión.

A las orillas del Atitlán, la tensión continúa. Si el MP intenta ejecutar órdenes de captura contra sus líderes, los vecinos han dicho que no lo permitirán, que como en 1990 protegerán su territorio y fronteras. Y que si los fiscales del MP se atreven a entrar a Santiago Atitlán, aunque sea a la fuerza, los vecinos no los dejarán salir.

—La comunidad ha sido clara: si vienen por uno, responden todos —cierra Petzey—. Incluso se ha planteado la expulsión del Ministerio Público del territorio hasta que exista una fiscalía que cumpla su mandato constitucional y no actúe como mecanismo de persecución política.

Quién está detrás de los líderes

El trayecto de Chajul a Nebaj es de unos 45 minutos. Una ruta de curvas y subidas pronunciadas sobre una carretera deteriorada que la alcaldesa Engracia Reina Mendoza conoce bien. Acaba de hacerla para celebrar con otras lideresas ixiles el día de la mujer.

Mendoza tiene 52 años y viste la indumentaria tradicional de Chajul. Sobre su cabeza, los nudos y colores del tocoyal enmarcan sus facciones firmes. Lleva aretes fabricados con monedas de veinticinco centavos, piezas de plata en las que resalta en relieve la efigie de Concepción Ramírez, la mujer Tz’utujil a la que en 1959 una comisión gubernamental consideró la mujer más bella de Santiago Atitlán y convirtió en icono nacional. Sostiene en la mano derecha su vara de mando, validación de su autoridad ancestral y su cargo político como Principal de Chajul, un lugar que antes de ella solo habían ocupado hombres.

La alcaldesa indígena de Chajul, Engracia Reina Mendoza, en marzo de 2026 durante su participación en la marcha conmemorativa del día internacional de la mujer, en las calles de Nebaj. Foto: Nathalie Quan

Aunque no estamos en su municipio, un mesero del restaurante la reconoce y corre a apagar la música para facilitar la charla.

—Fue la gente. Llegaron a la alcaldía indígena a preguntar qué íbamos a hacer —recuerda.

Ninguna intervención externa, ningún llamado previo de las autoridades ixiles a movilizarse. Fue la urgencia de las mismas comunidades la que en 2023 forzó el consenso entre municipios y con otras organizaciones y etnias del país y detonó el paro nacional.

—Fue la misma presión comunitaria la que hizo que nos pusiéramos de acuerdo —explica—. El movimiento se sostiene con comunidades que coordinan sus propias salidas y se movilizan en grupos compactos. La autoridad indígena es solo un eje que articula la voluntad colectiva.

A su lado, Roselia de León, lideresa de Chajul, amplía la explicación:

—Ya veníamos trabajando juntos desde antes —señala—. Desde el conflicto armado interno, las organizaciones en la región Ixil se han articulado en torno a luchas políticas, conmemoraciones y procesos comunitarios, regionales y nacionales.
—Por eso cuando estalló la crisis por la toma de posesión del nuevo presidente no hubo que inventar una estructura —dice Mendoza—. La red ya existía. Solo tuvimos que activarla.

Explican que cuando varias organizaciones se acercaron a las autoridades ancestrales de Chajul a preguntar cómo apoyar, la respuesta fue: “Acompáñennos a la capital para exigir que se respete el voto”.

—Pero que quede claro: Yo no voté por Bernardo —dice Mendoza—. Y tampoco salimos por él. Salimos por la decisión del pueblo.

***

Durante los meses de movilización mantuvieron un monitoreo constante de quiénes integraban las protestas o los retenes en las calles, para identificar presencias ajenas. “Había personas encapuchadas”, denuncia Mendoza. “No sabemos de dónde venían. Buscaban generar conflicto para responsabilizar a las autoridades indígenas”.

De León lo explica desde otro enfoque: “Participar como colectivo es nuestra forma de protegernos”, afirma. Cuando la criminalización busca rostros específicos, la comunidad es un escudo. “Si nos identificamos como un todo evitamos la exposición individual”, aclara. “No pueden señalar a una sola persona cuando es la autoridad completa la que se mueve”.

Pero eso no impidió que Mendoza recibiera audios con amenazas.

—Me llegaron amenazas de números desconocidos —dice—. No sé el origen.
—¿Lo denunció?
—No. Mi familia me pidió que no hiciera nada.

Para la alcaldesa, la seguridad es un asunto que se resuelve en círculos estrechos. Desde que recibió los mensajes, el respaldo que recibe es exclusivamente comunitario y familiar. “Ninguna institución del Estado se ha acercado”, se queja. Y admite que tiene “un poco de temor”. Sabe que su nombre ha circulado en los listados de posibles órdenes de captura.

—Voy a seguir luchando, aunque me puedan encarcelar —dice—. Y si el MP intenta capturar a líderes ixiles, como ha ocurrido en otros lugares, la reacción dependerá de los tiempos. Si llegan de sorpresa, a las seis de la mañana, como regularmente hacen, no se puede hacer mucho. Pero si tenemos información previa, el pueblo puede levantarse.

***

En la Alcaldía Indígena de Nebaj las autoridades ancestrales son más cautelosas al hablar de nuevos levantamientos. Hace unas horas que han celebrado una asamblea a puerta cerrada y reconocen que el escenario ha cambiado desde 2023. La movilización sigue siendo una posibilidad, pero no en los mismos términos.

—¿Y qué pasa si nos criminalizan por esto? —reacciona Catarina Terraza cuando le pedimos permiso para tomar una fotografía y anotar los nombres de los presentes.

Es tercera alcaldesa de Nebaj y junto a ella están Gabriel de Paz, primer alcalde; Pedro Pérez Cobo, principal; Vicente Brito, tercer alcalde; y Petrona Guzaro, cuarta alcaldesa. En una sala pequeña, con poca luz y paredes amarillas como las de una escuela, se acomodan y colocan sus varas sobre la mesa de forma ordenada. Tres autoridades ixiles del municipio han tenido que salir del país por miedo a capturas: Diego Ceto, Pablo Ceto y Miguel Ceto. Feliciana Herrera, alcaldesa, ya enfrenta un caso bajo reserva. Todo bajo la sombra de un supuesto listado del MP que nadie ha visto completo.

En los muros de la casa comunal donde sesionan las autoridades indígenas de Nebaj hay retratos de sus líderes pasados y presentes, algunos de ellos en el exilio. A su lado han colgado una fotografía de la firma de la agenda de trabajo conjunto entre las autoridades ixiles y el presidente Bernardo Arévalo, el 13 de marzo de 2024. Foto: Nathalie Quan

—Claro que sentimos el miedo. Pero si dejamos de luchar no avanzamos —dice Vicente Brito, y hace referencia a 1936, cuando los siete Principales de Nebaj fueron fusilados.

El pasado define la forma en que entienden la persecución actual. Y su compromiso de lucha.

—La lucha es siempre así —dice el alcalde Gabriel de Paz—. Yo recuerdo mucho que en el tiempo del conflicto sucedía lo mismo. Si no hay masacres o bombardeos, estamos un poco contentos; pero cuando llegan los militares a perseguir y destruir a las comunidades, quedamos tristes. Hoy, estamos tristes.

Y sigue:

—Pero hay que participar hasta ver cómo lograr verdaderamente justicia. Vamos a morir por la verdad y no por ser ladrones. Nuestra región ha padecido mucha persecución. No hay desarrollo, salud ni educación. Ojalá se cumplan las promesas, pero no hay voluntad. Las carreteras están abandonadas desde Quiché hasta Chajul y Cotzal. Las autoridades de la capital hablan de desarrollo, pero nosotros no lo vemos.

El olvido, como la criminalización, acá no se encara como eventual sino como una condición de vida. La exclusión no acaba por un simple cambio de gobierno. Guatemala busca un cambio, pero aún no ha cambiado. Leonel, hijo del exiliado Diego Ceto, tiene 35 años, es delgado y lleva el pelo largo atado en una cola. Ha permanecido callado a un lado toda la conversación pero ahora interviene:

—El apoyo a nuestras luchas y a quienes están perseguidos no viene de estructuras formales sino de redes individuales —dice—. No es mucho dinero, pero nace del corazón y eso importa.

Las autoridades de Nebaj expresan que el futuro pasa por nuevas protestas, pero aclaran que, si tienen que volver a tomar las calles para defender esta democracia que no les sirve, lo harán de forma distinta a 2023. “Hemos gritado y no hemos sido escuchados”, se queja De Paz.

Antes, Engracia Mendoza ha afirmado algo similar. La represión no les frena pero dejó huella:

—Claro que nos volveríamos a mover. Pero esta vez con otra estrategia.

La lucha que nunca acaba

Diego Ceto tiene 66 años y es autoridad indígena ancestral maya ixil e hijo de autoridad ixil y contador del tiempo maya. Tuvo que salir de Guatemala pero desde el exilio sigue tratando de ejercer algunas de sus funciones o de ordenar los esfuerzos de otros desplazados. Las militancias no saben de fronteras.

—Muchos nos cuestionan: ¿por qué defendieron una democracia que no es de ustedes? Y sí, es cierto —dice—, pero vivimos en ese país y lo que decida el Congreso, el organismo judicial o el Ejecutivo afecta a nuestros territorios, a los proyectos de infraestructura y a la vida de nuestra gente. Y ya sabe que no lo hicimos por Arévalo; los personajes pasan, pero los pueblos permanecemos.

Remarca además algo que en el relato presidencialista parece haberse olvidado: con la defensa del voto en 2023 también estaban en juego las alcaldías electas y las diputaciones. Si el MP lograba anular las elecciones, habría repercusiones para toda la infraestructura estatal. Los ixiles también se manifestaron, aclara, cuando pocas semanas antes de la votación el Tribunal Supremo Electoral excluyó a la candidata mam del Movimiento para la Liberación de los Pueblos (MLP), Thelma Cabrera. “Desde el inicio dijimos que era el momento de defender el voto ciudadano y que lo haríamos de una manera articulada, organizada y pacífica”, dice. — Por aquello somos más de 200 autoridades perseguidas, y uno de los cinco delitos de los que se nos acusa es que somos terroristas por levantar la voz. Y es porque somos indígenas. También durante la guerra dijeron que éramos subversivos, solo porque levantamos la voz.

Ilustración / Diego Orellana

Las autoridades maya ixil han logrado en la última década parar tres proyectos de hidroeléctricas en su territorio porque las empresas no hicieron las consultas previas que dicta el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Ceto también menciona los amparos ganados contra la corrupción local, y el histórico juicio por genocidio que en 2013 condenó al exdictador Efraín Ríos Montt, aunque luego el proceso fuera anulado y repetido.

—Acompañamos a los testigos y se ganó el juicio —dice—. Que luego el sistema de justicia ordinaria lo haya anulado por un asunto de procedimientos no es nuestro problema. Lo importante es que se supo la verdad y que nunca se repita.

Aquel juicio fue un parteaguas en la lucha contra la impunidad en Guatemala. Despertó un brutal contraataque político y jurídico de las fuerzas más conservadoras del país, que entronca de forma directa con la persecución actual de operadores de justicia, periodistas y líderes sociales, pero hizo también evidente cómo los pueblos maya, con su incesable búsqueda de justicia, han puesto a prueba e intentado consolidar el sistema de justicia que los ignoraba y que ahora los persigue. Los movimientos indígenas llevan décadas construyendo democracia en Guatemala, incluso desde su dignidad de víctimas.

—La criminalización actual busca caras visibles para silenciarlas, y es porque los procesos han demostrado que la organización indígena puede frenar intereses poderosos —afirma Ceto.
—¿Cree que están logrando silenciarlos?
—El sistema nos dio tres caminos: la cárcel, la muerte o el exilio. Estamos lejos, pero el exilio no es la muerte. Y los personajes somos pasajeros, pero las nuevas generaciones tienen la memoria histórica. La lucha continuará en su justo momento, en los diferentes contextos.
—¿Las elecciones de 2027 serán uno de esos momentos?
—Yo sigo aportando porque nuestra idea de lucha no es coyuntural. Lo de 2023 y lo que va a pasar el próximo año, o sea, las elecciones generales, son coyunturales. Nosotros apostamos a un cambio estructural, que ojalá se dé algún día, no sé cuándo. Ojalá a los más jóvenes les toque vivir en un país más democrático, más incluyente, más plural, porque esos somos.

***

A esta mujer menuda, de rostro moreno, el exilio le ha dejado un lamento constante por la distancia y una forma calmada de resistir. En la pantalla de la videollamada, iluminado con luz amarilla en una habitación pequeña, su rostro parece cansado.

—Cuando agarraron a Pacheco me avisaron que me cuidara, que estaba en una lista —-dice.

Ha pasado casi un año desde que esta líder indígena dejó su cantón de 3 mil habitantes para resguardarse en una de las metrópolis más grandes del mundo, Ciudad de México. No quiere que se publique su nombre, para evitar represalias contra su familia, que sigue en Guatemala, pero también porque los exiliados, pese a pertenecer a distintas etnias y organizaciones, han decidido hablar con una sola voz grupal. Se hacen llamar “Colectivo de autoridades ancestrales y personalidades mayas en el exilio”.

—Mis abogados me dijeron que cambiara de número de teléfono, que estuviera en casas diferentes. Una autoridad me dijo: “Vete, vete,  andá a la embajada mexicana. Ahí te van a echar la mano, porque la presidenta (Claudia Sheinbaum) ya sabe de todo esto” —cuenta.

Por aquellos días su padre se enfrentaba a una cirugía de urgencia y ella llevaba semanas en una casa de seguridad. “Logré verlo en la primera cirugía, pero luego se complicó y tuvo que pasar por otra, y ya no pude verlo”, dice. “Aún me quedé un mes en mi pueblo, pero no en mi casa, porque era peligroso”. Un día llegaron a buscarla. Desde un vehículo extraño alguien anduvo preguntando por ella. Luego dos hombres llegaron a su domicilio. Uno se quedó atrás y el otro tocó el timbre. “Ahí confirmé que eran enviados”, dice.

Esteban Toc da declaraciones a la prensa antes de su primera audiencia judicial el 5 de septiembre de 2025. Toc, que en 2023 era vicealcalde indígena de Sololá, fue detenido en Totonicapán días antes, el 28 de agosto, acusado de asociación ilícita, sedición y terrorismo por encabezar las protestas en respaldo del resultado electoral. Foto: Nathalie Quan

Pasó varios días en casas de resguardo, casi en encierro. “Me dejaban detrás de tres puertas con llave, y se iban”, recuerda. No dio detalles a su familia. “No me cabía en la cabeza provocar un infarto a mi padre”, dice. Cuando finalmente sucedió, la conversación fue difícil.

—¿Y cuándo vas a regresar? —le preguntaron.

Ella no supo qué responder.

Ha atravesado etapas de depresión, en las que se quedaba en su nueva casa y “comía y dormía, comía y dormía”, relata. El exilio es siempre un castigo físico y el aislamiento fue una losa. Para generar ingresos empezó a vender comida. Chuchitos, paches, enchiladas, bebidas, lo que le pidieran. Comida tradicional guatemalteca. Pero no le alcanza para pagar renta y alimentos. Menos aún para enviar dinero a sus padres, que dependen económicamente de ella y de la solidaridad comunitaria.

—Me desligué un poco —dice de su relación actual con las estructuras de su comunidad—.  Ojalá logremos coordinarnos con Guatemala, para apoyar, porque en 2024 nuestras autoridades nos dieron la espalda, vieron intereses personales…

Las autoridades indígenas suelen renovarse cada año. Los y las jóvenes han de comenzar a prestar servicio comunitario, a trabajar ad honorem por el colectivo, al cumplir 18, y el involucramiento ya no cesa nunca. Hasta que al cabo de 10, 15 o 25 años te eligen como autoridad, sin que tú te postules. En los movimientos indígenas guatemaltecos hay liderazgos, pero no candidaturas a liderazgo. Y hay también cismas y tensiones internos. Esta líder exiliada se queja de que en momentos críticos no percibió acciones concretas de sus propias autoridades en favor de los compañeros detenidos o con quienes tuvieron que salir del país.

—Sabemos que los corruptos buscan callarnos para desestabilizar, pero ahora en 2026 ya hay más comunicación —dice—. Nos están respaldando más. Ya saben que estoy fuera y están apoyando a los compañeros, y eso me da fuerza. Ojalá que logremos coordinarnos bien Guatemala y aquí para seguir apoyando.

***

Pacheco y Chaclán están sentados en una banca de madera, en un pequeño cuarto multiusos de cuatro metros cuadrados en el que nos hacinamos también cuatro periodistas. La pulcritud de los presos parece un acto de resistencia silenciosa. Junto al cuarto hay un minúsculo baño sin puerta del que llega un hedor inevitable. Ninguno de los dos consulta el reloj que llevan en la muñeca. Como si el tiempo hubiera perdido relevancia desde su detención en abril de 2025.

—Nosotros servimos al pueblo. Estar en la cárcel no es algo a título personal, es servicio comunitario —afirma Luis Pacheco.

Llevan más de un año en el centro de detención preventiva Mariscal Zavala. El expresidente y extesorero de la organización indígena de más peso del país, los 48 Cantones de Totonicapán, comparten una celda separada del resto de presos en la que hay dos camas y una mesa. El 23 de abril de 2025, agentes de la Policía capturaron a ambos y los metieron en una panel blanca para llevarlos a tribunales. El gesto estaba lleno de simbolismo: en los años 80 la Guardia de Hacienda usaba paneles blancas para capturar y desaparecer disidentes como parte de su estrategia de control y limpieza social.

—¿Terrorismo? Fuimos detenidos injustamente por haber defendido un mandato colectivo —asevera Pacheco—. Fue decisión de los pueblos decretar el paro nacional y manifestarse. Si accionamos como asamblea fue frente al secuestro de las papeletas de voto. ¡Los pueblos detuvimos un golpe de Estado!

Héctor Chaclán insiste en dar un marco histórico a su acusación. “El gobierno siempre ha querido reprimir al pueblo indígena”, dice, y remarca que 48 Cantones no nació para este momento, sino que es una estructura ancestral que se reconoce a sí misma en el espejo de levantamientos como el de Atanasio Tzul hace dos siglos.

Mientras dice esto, como escenificando la ironía, entran en el cuarto dos agentes del Sistema Penitenciario con los rostros cubiertos y se colocan junto a los prisioneros para que el equipo de comunicaciones de la institución haga una fotografía. Se escuchan los disparos de la cámara. Dos minutos después, los agentes encapuchados se han retirado en silencio. —No somos los primeros en estas persecuciones —insiste Chaclán—. Esto viene desde aquel levantamiento colonial. Los pueblos indígenas siempre estamos siendo observados.

Los exdirigentes de los 48 Cantones Luis Pacheco (a la derecha) y Héctor Chaclán, en un pasillo de la cárcel Mariscal Zavala, donde llevan más de un año en detención provisional acusados de terrorismo por encabezar las protestas pacíficas de 2023. Foto: Nathalie Quan

Trece meses encarcelados pero los dos exdirigentes de los 48 cantones de Totonicapán aún esperan su primera audiencia. Su caso está atrapado en el laberinto judicial del litigio malicioso, donde el uso excesivo de recursos procesales y constantes suspensiones de audiencias prolongan su prisión preventiva sin que el MP haya presentado aún evidencia de delito.

El castigo no es solo psicológico. Pacheco se resiste a contarlo, pero acaba compartiendo que durante el encierro ha perdido dos dientes por el bruxismo y ha perdido el cartílago de las rodillas, además de haber desarrollado una contracción muscular crónica en la espalda. Chaclán evita la pregunta tres veces, y al final explica que tiene problemas en los ojos, ha perdido el oído derecho y también se le han fracturado dos muelas.

—Vamos a demostrar que la dignidad no tiene precio. Hacer el bien cuesta, pero merece la pena —dice Chaclán.
—Están tratando de diluir nuestra organización a través del terror —denuncia Pacheco—. Aquí es donde queda claro quiénes son los terroristas.

Cuentan que para ellos la cárcel, habitualmente considerada una escuela para la delincuencia, está siendo un espacio de educación política a base de lecturas y discusión. Y que piensan salir de allí con la frente en alto.

—A veces dudo si cuando pase todo esto quiero seguir involucrado en la lucha política —dice Pacheco, que aún es viceministro aunque su cargo esté en suspensión por el encierro—. Pero hay que seguir, porque esto que le pasa a Guatemala no se puede curar en cuatro años.

Chaclán coincide:

—Estamos preparados para seguir sirviendo al país.
—¿Cómo, si ya no son autoridad indígena? ¿En candidaturas por algún partido político?
—No —responde tajante Pacheco—. Nosotros en 48 Cantones siempre hemos sido políticos, pero no partidarios. Seguiremos exponiendo casos de persecución e injusticia. Y seguiremos luchando contra la corta memoria de los guatemaltecos.

Este reportaje se realizó como parte del Ciclo de Actualización para Periodistas (CAP) sobre Democracia y Autoritarismos en Centroamérica.

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Cartas desde el inframundo

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Hola, papá, ¿cómo estás? Decile a mi tía que gracias por sus plegarias. Me alegró mucho saber de ustedes. 

En el paquete me ponen gelatina para el pelo, dos lociones baratas, un par de zapatos talla 9 para jugar fútbol sala, 2 camisas Samias XL, 2 calzonetas blancas con bolsas. Si pueden, háganme ese favor. Regálenle $50 al amigo que les entregue este escrito, por fa.

Cualquier cosa que sepan del proceso, háganmelo saber, por fa. ¿Qué pasará después del 25?, ¿Termina el decreto?, ¿Hay posibilidades de salir libre?, ¿Cómo está la cosa?

Bueno, te voy a contar algo… José ya no está con nosotros. Hace unos días lo llevaron para otro sector, ahí donde entregan ustedes los paquetes. Él está enfermo. Te digo para que le avisen a la familia porque ya días no recibe paquete y aquí yo le ayudaba.

Si pueden hablen con la familia para que lo ayuden hoy que pueden. Ya con flores y con tumbas va a ser por gusto.

Él salió varias veces al Hospital Saldaña y le sacaron agua de los pulmones, eso le provocaba calenturas y dolor y no quería comer esta comida basura que dan acá, macarrones y arroz apestosos a rincón, más de tres años con esto.

Es triste estar abandonado aquí. Sin la familia se sufre bastante. Yo les agradezco. Puya, sin ustedes esta carga sería más difícil.

El paquete y el depósito es un abrazo a la distancia y un mensaje de que están bien. Yo los amo y los extraño cada día.

Bueno, me despido. Los amo. Manden un par de fotos, por fa. Quiero verlos.

***

I. Pruebas de vida

En un país donde el régimen de excepción ya no es excepción, sino parte del paisaje, las cárceles también producen algo escaso: noticias. Son cartas escritas a mano que atraviesan muros de concreto gracias a una red informal que las familias conocen como los cables. Para muchos familiares, esos papeles doblados y gastados, enviados casi siempre por fotos a través de WhatsApp, son la única señal de que alguien sigue vivo.

La lista de encargos —lociones baratas, camisas, calzonetas— no es un simple capricho. Es parte de la vida cotidiana dentro de prisión: una forma de resolver necesidades básicas y de sostener cierta normalidad dentro de un sistema que tiende a reducir a los detenidos a números de expediente.

El equipo de redacción de Ciclos CAP tuvo acceso a cinco cartas de las decenas que reos de distintos centros penales de El Salvador enviaron a sus familias entre 2022 y 2025, en el marco del régimen de excepción, que en mayo de 2026 sumó 51 prórrogas aprobadas por la Asamblea Legislativa. Estas cartas por las que las familias suelen pagar entre cincuenta y doscientos dólares, dependiendo de las condiciones impuestas por los intermediarios, son muchas veces la única prueba de vida de personas encarceladas dentro de un sistema que ha detenido a casi 91,000 personas y en el que, según registros de Socorro Jurídico Humanitario, han fallecido 519 reos bajo custodia estatal hasta marzo pasado.

Leídas en conjunto, estas cartas permiten identificar patrones comunes. Son textos escritos con poco tiempo y bajo vigilancia, donde se mezclan mensajes afectivos con información práctica: pedidos de paquetes o depósitos, consultas sobre el proceso judicial y noticias breves sobre otros detenidos. Se repiten fórmulas tranquilizadoras como “estoy bien” o “no se preocupen”, mientras que casi no aparecen referencias directas a castigos o violencia. En su lugar, se mencionan las condiciones del encierro de forma indirecta: se habla del cansancio, de la enfermedad o de la calidad de la comida.

Las cartas también funcionan como un boletín desde dentro. El aviso sobre un compañero enfermo o trasladado. Ese nombre de quien ya no está con ellos es muchas veces la única forma de alertar a las familias. Mientras afuera el debate público se reduce a dos posturas sin tonos medios como estar a favor o en contra del régimen de excepción, dentro circulan noticias mínimas: quién enfermó, quién fue movido de sector, quién dejó de recibir paquetes.

El preso lo sabe: cuando el paquete o el depósito deja de llegar, la situación puede volverse más caótica. Su súplica por el compañero enfermo —“ya con flores y con tumbas va a ser por gusto”— es también una advertencia para que la ayuda llegue antes que el abandono.

«No me vayan a dejar abandonado. Quiero hallarlas con vida»

Hola, ¿Cómo estás? Espero estés bien. Te escribo de nuevo para decirte que recibí tu respuesta y les escribo para darles las gracias a mi mamá y a mi abuela, y en especial a vos, por estar al pendiente de mí y de mi abuela. Gracias por cuidarla. No tengo cómo pagarte, amor.

Y te escribo para decirte que la respuesta me la dieron en mayo. Aquí yo pagué $15.00 en producto de tienda y el producto lo pagué con los 300 cafés que me mandaron y me vinieron 12 sopas. Solo las prestobarbas no me las dieron, me las robaron. Solo venían los manguillos.

Hoy quiero decirte esto: en mayo llevo audiencia por el proceso anterior de la redada porque me reabrieron el caso. 

Quiero que le digás a mi mamá y a mi abuela que coman, que no pasen solo pensando en mí. Cuando yo salga, espero hallarlas con vida. Les pido por favor, no me vayan a dejar abandonado.

Quisiera saber qué saben ustedes de mi proceso y quiero saber qué se oye del régimen porque aquí no nos dicen nada.

Quiero que me hagás un favor. Aquí está un brother, Esteban, amigo mío que me conoce y conoce a tu sobrino, y él me pide que le hagás un favor: que vayás donde la familia. Decile que el papá del niño manda a decirle que se comunique con los hermanos de mi brother o con la mamá, que le digan que él está bien, pero manda a decir que si le pueden poner paquete cuando puedan y decile que ella le cuide a su niño. Él quiere saber cómo se encuentra su hijo.

Solo $50.00 vas a pagar. Espero tu respuesta, amor. Gracias por todo.

Quiero que me mandés una foto de mi abuela, una tuya y una de mi mamá, para poderlas ver, pero mandalas, solo así las puedo ver. Cuídense mucho.

A veces creo que de aquí no me voy a ir, pero siempre pienso en mi abuela, en mi mamá y en vos y eso es lo que me da fuerzas para seguir adelante.

TE AMO.

Recuerden ponerme un mes al pin y otro mes, paquete.

***

Ante la desesperación por la falta de noticias sobre los detenidos, las familias tienen que pagar por recibir pruebas de vida desde las cárceles salvadoreñas. Ilustración / Diego Orellana

II. Los cables 

Detrás de cada carta que logra llegar a los familiares de los privados de libertad se ha establecido un negocio: intermediarios conocidos de manera informal como “cables”.

¿Quiénes son estas personas? No son una red solidaria gratuita. Son un grupo de empleados del sistema penitenciario que establecen contacto con las familias para proponerles el intercambio de cartas. Son un grupo de operadores que imponen las tarifas y condiciones: «El viernes entro de turno, por si quieren responder», escribió uno de ellos a una de las familias.

Los cables rara vez dejan rastro. Funcionan con otra red de personas, que bien pueden ser amigos, amigas, esposas, o cualquier persona vinculada a ellos de manera directa, sin ser empleados formales del sistema penitenciario —no aparecen en los registros del Seguro Social— y que reciben el dinero en cuentas bancarias sin poner nunca un pie en un penal.

Tal es el caso de la esposa de un custodio que ofrece el servicio, explota la desesperación desde fuera, usando información privilegiada; la familia paga además de la carta por el permiso, que no se dice de manera directa, de no ser delatados.

A pesar de la manera oculta en la que funciona este sistema y de la extorsión por información, la carta que finalmente llega posee una cualidad casi sagrada: es la prueba de que un ser querido sigue existiendo dentro del centro penal. No importa si el texto es un inventario de necesidades o una declaración de amor contenida. En un país donde la Ley de Acceso a la Información Pública fue sepultada con la llegada del gobierno en turno, las cartas se convierten en el único parte médico, el único boletín judicial y la única visita familiar posible.

«Hay un tiempo para abstenerse de abrazar, y luego tiempo de reír y abrazar»

Querida y amada madre: Dios Todopoderoso me la tenga con bien, es mi mayor anhelo. En este día tan especial que Dios trajo al mundo la madre tan única y especial como tú, palabras me hacen falta para expresarte nuestro agradecimiento, de mi hermano y yo, Antonio. Es tan difícil de creer, madre, que este es el quinto cumpleaños de no poder estar a su lado, pero al saber que está bien de salud y pilitas siempre nos alegra el corazón, en todo este tiempo que estamos separados. Tenía esperanza de estar este cumple juntos, pero Dios no lo ha permitido aún. Sin embargo, cuando ese día de nuestro reencuentro suceda tendremos tiempo para recobrar este tiempo ausente; como dice el libro de Eclesiastés, hay un tiempo para llorar, abstenerse de abrazar y luego tiempo de reír y abrazar.

Sé que este proceso ha sido duro para usted y nosotros, y aún a veces sigo sin entender, pero es cuando pido a Dios paz, fortaleza y salud para todos nosotros. En lo personal, estos días me he sentido con sentimientos encontrados, pues aún albergo la esperanza si no esta navidad de que pronto estaremos juntos. He soñado varias veces acerca de este reencuentro y con certeza puedo decir que tendremos tiempos aún mejores que antes. La extraño tanto, hablar con usted, sus regaños, consejos.

Roberto también le manda un beso y fuerte abrazo. Gracias a usted y Caro por no dejarnos y creer en nosotros. Dios la bendiga y me le conceda salud, paz y bendiga el fruto de sus manos. Espero que esta nota le llegue, ya que cuesta un poco poder darle esto a la persona. Se dice que estaremos hasta el 19 de este mes por acá, es que pregunten aquí al muchacho cualquier cosa y me lo hace saber. Este día quiero que se olvide de todo un momento. Le demos gracias a Dios y la pase bien, que pronto todos estaremos juntos. La amamos mucho, madre. La extrañamos y le mandamos un fuerte abrazo. Feliz cumpleaños mi querida mamá.

Roberto y Antonio, sus hijos.

III. Los destinatarios

Quienes escriben son hombres de entre veintitantos y cuarenta y tantos años, detenidos hace cuatro años por algo que nunca quedó claro para la mayoría. Pero lo que no sabe ninguno de ellos cuando escriben desde adentro, es lo que pasa en las afueras. No saben que sus madres han dejado de comer o que la abuela, esa por la que piden que cuiden, ya no necesariamente recuerda todo como antes. O que la tía de alguno ha muerto de alguna enfermedad mientras ellos siguen pidiendo que la mantengan viva hasta su regreso.

Ellos escriben para dar las gracias, para pedir cosas de primera necesidad, para saber del proceso judicial. Quienes reciben esas cartas las leen con ansiedad, las leen a solas, en familia o le piden a alguien de confianza que las lea por ellos. Para estas familias, una carta no es solo un mensaje: es una prueba de que su hijo, padre o compañero de vida sigue existiendo. Es la confirmación de que no está en una fosa común, de que no murió de una infección tratable, de que no desapareció en algún traslado del que nunca se informa. Es lo que los mantiene vivos también a ellos.

La mayoría de destinatarios son mujeres, cuya salud mental depende de esa mínima conexión. Ana, la madre de un privado de libertad, padeció una depresión que la llevó al borde del abismo. Dejó de bañarse, de comer, de peinarse. Pasaba días encerrada, sin querer ver a nadie. Su esposo, lejos de sostenerla, se volvió violento. Su madre, una anciana ciega, tuvo que irse a vivir con la exnuera porque Ana ya no podía cuidar de nadie, ni siquiera de sí misma. Un día Ana intentó suicidarse. No lo logró. Dice que escuchó la voz de su hijo llamándola desde la puerta y eso la detuvo. O tal vez fue solo el instinto.

«Me corté el pelo con una tijera. No me bañaba, no comía, no me peinaba, no quería oír bulla, pasaba solo encerrada. Mi esposo se metió con otra mujer. Yo sentía que no había sido una buena madre para mi hijo. Dudé que Dios existía por tantas cosas que hemos vivido», relata.

No es un caso aislado. En reuniones de comités de familiares, muchas madres describen experiencias similares: depresión, pérdida de peso, problemas de salud y un desgaste emocional acumulado durante años de incertidumbre. En esos espacios comparten la poca información que logran obtener sobre sus hijos detenidos y esperan nuevas noticias. Para muchas, recibir una carta es la única confirmación de que sus hijos siguen con vida.

Delmi, desde Estados Unidos, lo explica con otras palabras: «Yo estoy siendo rentada por el régimen de Bukele. Todo el dinero que yo tenía para mi retiro, todos mis ahorros ahora van para el régimen porque no les da comida a mis hijos. Yo tengo que mandar de mi dinero ahorrado para cubrir la necesidad y cuidar de mis hijos». Ella envía dos mil dólares al mes, paga abogados, sostiene a las esposas y a los hijos que sus hijos dejaron. 

La manera de cubrir las necesidades de los privados de libertad puede ser a través de dos vías: paquetes o pines. Los primeros consisten en bolsas llenas de insumos de primera necesidad, higiene, ropa y comida. Estos paquetes, según relata Ana, están valorados en 120 dólares. Eso debe ser complementado con un depósito de 20 dólares, a través de un pin vinculado a cada reo.

Para Delmi o Ana, así como para muchas otras madres, los montos solicitados resultan inalcanzables y no puede costearse mes a mes, por lo que tiene que fraccionar la ayuda: un mes envían el paquete y al siguiente realizan el depósito con el pin correspondiente, en un intento para que sus hijos no queden en el desamparo.

“A veces he enviado paquetes y no me los reciben porque no están valorados en $120 dólares. Ellos dicen que el sistema no los agarra así. Una vez le pregunté a un muchacho y me dijo que  le piden eso a uno porque hay gente que nadie les trae, entonces, se les saca para darles un poquito a los que no tiene”, cuenta Ana.

Más que el dinero con el que sostienen al régimen de excepción, a estas familias les duele la incertidumbre. Les duele que la única forma de tener noticias de sus familiares sea pagarle a un custodio, arriesgarse a una estafa, o depender de la buena voluntad de un desconocido que un día puede desaparecer con el próximo mensaje.

Las cartas circulan por vías informales. Las familias las leen repetidamente, las guardan y vuelven a ellas cuando pasan largos periodos sin noticias. Para quienes las reciben, esas cartas funcionan como el único vínculo. En un contexto donde la información oficial es escasa y los procesos judiciales avanzan con lentitud, estos mensajes se convierten en la única forma de saber cómo están sus familiares y si continúan con vida.

La mayoría de destinatarias de las cartas son mujeres, que han enfrentado depresión, pérdida de peso, problemas de salud y un desgaste emocional acumulado durante años de incertidumbre. Ilustración / Diego Orellana

«Aquí el café es la moneda de cambio»

Papá, me ponen 200 cafés en el paquete a mí también, por fa. Es que fíjate que aquí el café no es solo para tomarlo: es lo que usamos para todo. Aquí adentro el café es la moneda de cambio: podemos comprar sodas, jugos o cualquier cosa que vendan en la tienda, y también sirve para pagar favores o resolver cosas cuando uno lo necesita. Por eso es que lo mandamos a pedir.

Para que te hagás una idea de cómo funciona, aquí yo pagué 15 dólares en producto de tienda, pero no usé dinero: lo pagué con los 300 cafés Riko que me mandaron. Aquí uno ya no piensa en dólares, sino en cuántos cafés cuesta cada cosa.

Mándelos así, regados en la bolsa grande donde viene el paquete, porque así pasan mejor. Siempre poneme también 4 prestobarbas de doble hoja, que sean de las BIC verdes, de las que traen jabón, o de las Gillette doble hoja. Eso aquí siempre hace falta.

***

IV. El café, la moneda de cambio

Dentro de las cárceles salvadoreñas no circula dinero en efectivo, pero existe una moneda de intercambio: el café. Los sobres de marcas como Musún o Riko se han convertido en el principal medio para comprar o pagar favores dentro de los penales. Los reclusos los utilizan para adquirir comida adicional, artículos de higiene o ropa.

Las familias lo saben y suelen enviarlo en los paquetes autorizados. Los presos piden cantidades específicas y una marca determinada, principalmente Riko, porque es la que tiene mayor aceptación dentro de los penales. En las cartas también se repite una instrucción: enviar los sobres “regados en la bolsa”, es decir, distribuidos dentro del paquete para evitar que sean decomisados durante las revisiones.

El café también se utiliza para pagar favores que permiten la comunicación con el exterior. Una madre relató que su hijo pactó con un supuesto enfermero el envío de una carta a cambio de veinte dólares en café dentro del penal. En la respuesta que ella recibió, su hijo resumió la lógica de ese sistema en una frase: “El café es oro, mamá. Mándeme lo más que pueda”.

La circulación de café sostiene gran parte del intercambio interno. “El café para mí era el dinero. Con el café compramos lo que queremos allá adentro”, relata Miguel, quien estuvo recluido en un penal y recuperó su libertad este año.

Según él, un sobre de café cuesta alrededor de 16 centavos de dólar en la tienda penitenciaria y entre reclusos se intercambia a unos 20 centavos. Los precios de los productos se calculan en sobres: un par de sandalias o una camisa pueden costar unos 15 sobres; una rasuradora, entre 8 y 12.

El café también funciona como una forma de subsistencia para los reclusos que no reciben apoyo familiar. Dentro del penal se les conoce como “rusos”, un término utilizado para referirse a quienes no reciben paquetes ni visitas. 

Muchos de los reclusos venden la comida que reciben en el penal a cambio de café, que luego utilizan para comprar jabón, ropa u otros artículos básicos. “Es triste que por tres miserables cafés tengan que entregar un plato de comida”, recuerda Miguel.

***

“Voy a entrar a ‘Cero Ocio’. Dicen que es cansado, pero uno vuelve a ver el sol”

Hola, mamá, y hola a todos. Por favor, dígale a Raulito que su papá lo ama y que ya estaremos juntos. Ustedes son el amor de mi vida.

Jamás pensé que esto iba a pasarnos, pero tengo la esperanza de que todo acabará algún día y que después se sentirá como un mal sueño. A veces pienso en otros que están aquí y que desde que entraron no han vuelto a saber de su familia. Por eso les agradezco tanto que estén haciendo lo posible por mí.

Me dijeron que voy a entrar a un plan que le llaman “Cero Ocio”. Me alegra al menos poder salir un rato. Dicen que es cansado, pero que uno vuelve a ver el sol, y hasta el calor se siente rico. 

Aquí uno solo espera dos cosas: irse libre pronto o, si no, ir a trabajar un tiempo a la constructora “El Salvador”. 

A veces el cuerpo se siente cansado, pero el corazón no, porque los amo a todos.

Aquí uno ve muchas cosas, barbaridades, pero tengo fe en que eso no me va a pasar. Ore por mí.

Los amo y pienso en ustedes a cada segundo. Abrazos y besos, y gracias por todo lo que hacen.

V. La esclavitud como única salida 

Cuando un preso del régimen de excepción escucha que va a entrar al plan Cero Ocio no celebra un programa de reinserción. Dicho plan, impulsado por el actual Gobierno, incorpora a personas privadas de libertad a trabajos en obras públicas a cambio de reducir sus condenas. 

Pero salir a trabajar no significa salir en libertad. Los sacan en cuadrillas de lunes a viernes, de sol a sol. Los levantan antes del amanecer, los suben a autobuses y los llevan a construir hospitales, fumigar campos, reparar calles. No reciben salario. Cuando el cuerpo se quiebra —la piel llena de hongos por el hacinamiento, los pies infectados por las jornadas—, la solución no llega del Estado sino de las familias que siguen pagando el uniforme, las botas, los medicamentos, incluso la ropa con que los sacan.

Para los privados de libertad es la esperanza desesperada: la esclavitud como única salida. Celebran la posibilidad de ver el sol después de años encerrados entre muros que no dejan pasar ni un rayo. Desde aquel tuit de marzo de 2022 en que el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, ordenó cerrar todas las celdas veinticuatro/siete, cientos de personas —muchas sin condena— han vivido en un encierro que viola los plazos que la propia ley establece. El Plan Cero Ocio es para ellos, la única vía de escape a un encierro con fecha de salida incierta: la promesa de que, si se portan bien, quizás los dejen salir a trabajar.

Desde entonces, todo ocurre en un vacío. La emergencia máxima, que suspendió las visitas se prorrogó sin control, violando la Ley Penitenciaria. Y las denuncias son escasas. La paradoja es que los reos y sus familias agradecen. Porque salir en esas condiciones significa ver la calle.

Saber de ustedes me mantiene vivo”

Hola, mamá. Aquí la saludo con mucho amor, con mucho cariño. Sepa que me queda mucho cariño para cuando salga, primero Dios.

Quisiera tener noticias de José porque me aflijo más si no sé nada de él. Dígale que no descuide los estudios y que siempre pienso en él.

Todavía seguiré en el programa ese que le dije. Es cansado, pero veo el sol.

Ojalá pudiera verla, pero nunca sé a dónde nos van a mandar. La cosa es que hasta el calor siento rico porque no es lo mismo sentirlo aquí dentro que afuera.

Gracias por las cosas para sándwiches. Fue una gran suerte que las hayan dejado pasar. Para el paquete póngame más sobres de café y también si puede ponerme más jabón del que sea, le agradeceré. De ahí, lo que sea. Total, aquí a uno le dan lo que quieren. 

Yo sueño con todos ustedes y con estar sentados en la sala hasta las once de la noche.

***

El régimen de excepción convirtió la detención provisional en una espera sin fecha de salida. Para miles de personas, la cárcel ya no es una medida temporal, sino una forma de condena indefinida que se renueva mes a mes, sin juicio claro ni garantías. Afuera de las cárceles, las familias organizan su vida alrededor de paquetes, depósitos y la posibilidad, cada vez más costosa, de recibir una carta. Adentro, los detenidos escriben con lo que quieren y necesitan: listas de encargos, preguntas sobre sus procesos, noticias urgentes sobre otros internos.

Hay una preocupación constante: el abandono. “No me vayan a dejar abandonado”, escribe uno. “Cuando yo salga, espero hallarlas con vida”, dice otro. También hay advertencias: “Hablen con la familia para que lo ayuden hoy que pueden. Ya con flores y con tumbas va a ser por gusto”.

Las cartas no hablan abiertamente de violencia, pero sí de desgaste: enfermedades que se agravan, comida insuficiente, años sin cambios. También dejan claro qué sostiene a quienes están adentro: que el paquete llegue, que el depósito se haga, que alguien responda, y que no los den por muertos. La idea de justicia se diluye. Lo único que les queda es una espera que puede durar toda la vida y un espacio donde se aferran a enviar pruebas de vida.

Mamá, dígale a José y a la Tania que no estén tristes. A veces yo pienso que quizás esto nunca se va acabar. Pero a veces pienso que sí. Así que solo esperemos un rato.

Mire, sé que vienen fechas en que una vez más quizás no nos vayamos a sentir muy bien, pero decore la casa, así como le gusta a usted, que la Tania le ayude. Créame que quisiera estar ahí y que sueño con que el otro año va a ser diferente. A veces ya no sé si esto es real o si solo estoy durmiendo mal.

Mi amor hacia José es infinito, así como el que siento por la Tania y sobre todo por usted.

Ustedes son la razón por la que sigo aquí con vida, porque no me han olvidado y porque vienen todos los meses.

Cuando ya se acerca la fecha pienso en que la Tania y usted están afuera, cerca de mí.

No estemos tristes porque ya estaremos juntos. Quisiera decirle más, ya ni sé el qué de tanto. Solo que la amo, y que los extraño. Le mando un beso, mamá y un beso a todos. Cuando se pueda, estaré pendiente para volver a escribir.

Oren por mí y sepan que saber de ustedes me mantiene vivo.

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 *Estas cartas fueron transcritas en su totalidad o por fragmentos, según la petición de cada familia. Los nombres de los remitentes y los destinatarios fueron cambiados. Ellos temen que, si se publican las cartas manuscritas, se identifique la caligrafía de los autores y se rompa el único hilo con el que reciben pruebas de vida.

Este reportaje se realizó como parte del Ciclo de Actualización para Periodistas (CAP) sobre Democracia y Autoritarismos en Centroamérica.