Esto no va de poner a un artista como modelo. Esto va de llevar el español ahí donde suelen obligar al artista a traducir sus canciones o a componer en inglés, como tuvieron que hacerlo Gloria Estefan, Enrique Iglesias y Shakira, artistas que participaron en los tiempos tiempos intermedios de los Super Bowl de 1999, 2000 y 2020.
De hecho, en el 2020, Bad Bunny y J. Balvin tuvieron una brevísima participación y cantaron más en español que Shakira y Jennifer López, las artistas principales del intermedio del Super Bowl de ese año.
Este 2026, el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl fue una reivindicación del español en un país donde a muchos migrantes o hijos de migrantes les han reprochado y hasta insultado por no hablar en Inglés en lugares públicos.
El puertorriqueño Benito Martínez Ocasio, alias Bad Bunny, no solo cantó en español durante el medio tiempo más visto de la televisión estadounidense, sino que dio una lección de cultura popular latinoamericana y de geografía al público del país que se autodenomina América.
El espectáculo no fue el típico escenario muy bien iluminado donde los intérpretes hacen entradas espectaculares, y una que otra piruetas rodeados de bailarines y, un número controlado de extras que hacen las veces de público al pie del escenario.
Este espectáculo, el del Conejo Malo, no fue diseñado para que todos los gringos que estaban en el estadio lo comprendieran, se emocionaran y bailaran. Porque reconozcámoslo, les falta “sazón, batería y reguetón”.
El espectáculo estaba diseñado, pieza por pieza, para que quienes lo vieran en streaming o por televisión hicieran un recorrido no solo por Puerto Rico, sino por algunos escenarios comunes y entrañables de la sociedad y la familia latinoamericanas: el salón donde hacen manicure, el carrito de minutas (raspado), los abuelos con los juegos de mesa, la familia viendo televisión, la boda… ¡Los cortes de energía eléctrica!
Quienes ya pasamos de los 40 y los 50, posiblemente no hemos contribuido a que Bad Bunny haya sido el artista más escuchado en Spotify durante 2025. Hemos pedido a un sobrino o a una amiga más joven que cambie la radio o se salte una canción de este boricua.
Nos ha parecido que Bad Bunny canta “como que algo le faltara”, que sus letras incluyen palabras altisonantes y, dependiendo del país donde se digan, hasta soeces. Más de alguna vez hemos dicho que “la música de antes”, la que nosotros escuchábamos hace 30 años, “era mejor”.
Lo que no hemos comprendido, es que cuando vivimos la adolescencia y nuestros veintes, la radio y la televisión nos bombardeaban con música en inglés y escuchar rock o pop en español era la excepción, no la regla (al menos en El Salvador). Nos convencieron, como dijo alguien en una historia de Instagram, que la música en inglés era la mejor. Llegamos al punto de necesitar una estación de radio como la Doble SS, para conocer y apreciar el rock y el pop en español.
En ese contexto, lo más parecido que llegamos a escuchar a lo que hoy son el reggetón y el trap, fue aquel “Muévelo, muévelo” de El General. Y aquello a nuestros padres ya les parecía vulgar. En fin. Ya como adultos (nos dicen bumers pero somos generación X), muchas veces, tuvimos la sensación de que nos saldría sangre de los oídos si escuchábamos a Bad Bunny balbucear: “En la guagua se quedó el olor de tu perfume” y todo lo que innecesariamente y con muy mal gusto sigue en la letra de la canción “Me porto bonito”.
Y sí, este señor tiene algunas de las letras más atrevidas y sugerentes de los últimos tiempos. Pero su último álbum, llegó cargado de crítica social y de algunos de los problemas que adolecen los países de América Latina: la gentrificación, el turismo desenfrenado, la expropiación y explotación de los recursos naturales, los servicios públicos deficientes y la falta de oportunidades que obligan a algún miembro de la familia a migrar.
No creo que el arte y la música tengan que estar obligadas a denunciar y mucho menos a estar al servicio de una ideología política. Lo que sí creo, y le reconozco a Bad Bunny, es que el arte y la música tienen el derecho de reflejar parte de la realidad y de presentarse en formas que logren que la gente, sea cual sea su edad y su origen, se identifique con aquella obra, se reconozca en ella y, quizá, se proponga transformarla. La vocalización de Benito, ese “ye, ye, ye, ye, ye, ye, ¡ey!”, no es fortuita, sino una auténtica marca de su origen, del cual se siente evidentemente orgulloso. No quiero ni busca sonar estándar ni universal, sino boricua.
Así que, ante el espectáculo del domingo en el Super Bowl, tomemos más fotos. ¡Bravo, Bad Bunny, aunque no nos guste (toda) tu música!





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